Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Misterios

Misterios Vol. II: Lo que no entendemos de lo cotidiano

Imagen
¿Qué ha sido de lo que solíamos conocer y, de pronto, como por arte de magia, se fue? ¿Qué habrá pasado con la fantasía en la que creíamos cuando niños y, que con el paso de los años, dejó de ser tan fantástica como la recordábamos? ¿Cómo viajaban los Reyes Magos por todo el mundo sin un jet supersónico? ¿Podía Jesús manipular el agua a su antojo o sólo la tornaba en buen vino? Es un misterio lo que ocurre con nuestros recuerdos, con aquello que creímos ver y vivir y que, hoy, pareciera que jamás existió. 

Misterios Vol. I: Ojos que no ven...

Imagen
“Todo lo desconocido se supone maravilloso”: Tácito A veces, cuanto más llegamos a saber (como individuos o sociedad), más llegamos a ignorar. No porque el conocimiento sea perjudicial sino, por el hecho de que perdemos de vista lo que a todas luces se nos muestra o revela. 

Un error en la matrix. Vol. II

 En la cabeza se aloja un eco, uno pesado, amplio en su onda... "No había nadie aquí". Y ese "nadie" se prolonga como si la duración de la palabra cobrara vida y quisiera gritar que, efectivamente, la sola expresión congeló los latidos por un momento. ¿Qué hago ahora? Lo que alguien con un poco de cordura haría: tragar saliva, abrazar con firmeza las cosas ya recogidas y bajar las escaleras, eso sí, con las luces bien encendidas. Abajo, a unos metros de la puerta principal, cigarros y risas cuidan de la fortaleza de Goldsmith, se despiden y ahora sí puedo constatar que si yo les dejo atrás, ahí mismo seguirán y no habrá otra sorpresa poco grata como la que minutos antes me llevé. Cierro la puerta, camino la larga y poco iluminada calle y llego hasta el cruce con Homero. Sólo estando ahí me vuelvo a sentir seguro, es hasta ese punto cuando el eco deja de retumbar y las manos recobran la calidez que se supone, deben tener. Avanzo. Horacio nocturno Unas cuantas cuadras...

Un error en la matrix. Vol. I

 ¿El día? Puede ser cualquiera, digamos que en esta ocasión el calendario marcaba un martes. La tarde era tibia, sin muchos reflectores más allá de la interesante rutina y el desayuno de reyes que incluyó chilaquiles, porque puedes olvidar el día, pero nunca unos buenos chilaquiles.