Bitácora I: El despegue forzado

 “Hay un hombre de las estrellas esperando en el cielo, le gustaría venir a visitarnos”, David Bowie 

Bitácora del viajero: No sabía realmente qué hora era; a decir verdad, hace días que el tiempo me parece todo igual y solo logro diferenciar una parte de otra gracias a la Luna reflejada en el mediodía de un cielo azul, o a la ausencia destellante del Sol en la oscuridad estrellada cuando salgo a caminar.

Y así como el tiempo cada vez me parece más homogéneo luego de algunas semanas peculiares en este mundo, a la cabeza me vuelven esas memorias de infante, cuando devoraba libros que hablaban de todo lo que hay más allá de la nariz de nuestro planeta; páginas y páginas enteras dedicadas a cinturones de asteroides y estrellas más dantescas que nuestro Sol…

¡Cómo añoro volver a esos tiempos! Tan apacibles, carentes de angustia económica y vacío emocional. Justo ahora pienso enormemente en ello y me veo, veo a mi yo infante: tiene las rodillas raspadas y unos cuantos moretones, producto de batallas a muerte en el patio de recreo, peleando por un balón y el grito de “gol”. Me veo, estoy ahí, proyectado en mi propia cabeza, como si de un sueño lúcido se tratara, y no quepo de alegría mientras leo mis tomos de enciclopedia en las partes donde se habla del enorme universo sobre nuestras cabezas.

Ese niño de ahí, el de mi cabeza, el que tiene los cabellos desordenados, hojea y hojea los libros y se imagina como uno de esos héroes yankees que pisaron la Luna (algo debo hacer al respecto, tal vez sea hora de inculcarle el amor y respeto por el gran cosmonauta soviético Yuri Gagarin). Y entonces yo, en mi versión adulta, me traslado a esos mundos que siempre soñé con explorar en una nave interestelar, como las que veía en las películas de Star Wars, o como las que el mítico y camaleónico David Bowie describe en sus canciones.

Mi yo adulto ha sido condenado a la libertad de las letras, pero de vez en cuando tiene lapsos de cosmonauta y recorre Pachuca en auto, imaginando que los lindos baches que el ayuntamiento capitalino no ha logrado resanar emulan una suerte de caminata lunar o la superficie de algún planeta al que nombraremos como Dasha 17-X. 

Ese auto color plata sirve también como una imitación de nave espacial, ¡vaya, hasta combina con el entorno! Nos movemos por espacios inhóspitos y peligrosos, sensaciones causadas por las vestimentas de la gente, raros todos ellos, unos sí y otros no.


Este cosmonauta que hoy juega a ser un intento de escritor explora a lo largo y ancho de Dasha 17-X y se encuentra con angostas calles abarrotadas de personas que compran y venden, pasean y se asolean. Desconozco si el Sol que los ilumina es el mismo que el de mi Tierra natal pero, me pongo a pensar en que quienes por ahí andan, aún no han logrado evolucionar hasta adaptarse a su tóxica atmósfera, y esa es la razón que encuentro para que este mundo me parezca peculiar.

Mi yo infante seguro estaría celoso al verme pasear por los mundos que él sueña con visitar, pero debo ser un ejemplo para ese chiquillo, pues no logrará conquistar otras latitudes aún; le hacen falta algunos libros más por devorar.

Y es entonces que abro los ojos y me hallo de vuelta en la misteriosa realidad que me representa una pantalla en donde aparecen las palabras exactas que mi cerebro piensa; he llenado ya un par de cuartillas mientras divagaba a través de Dasha 17-X, y ahora que vuelvo en sí, asumo que mi viaje cósmico no fue más que un sueño, pero uno raro, de esos en donde anhelas desprenderte de este mundo para ir a un paisaje nuevo, y la maravillosa mente te lleva, aunque en el plano terrenal sigas en pijama y haya pasado ya media hora desde que abriste la computadora.

En fin, jamás entenderé cómo funciona un ser humano, pero agradezco que de vez en cuando salgamos de la rutina gracias al poder de nuestras cabezas.

Postdata: Habrá más bitácoras escritas desde mi estadía en Dasha 17-X; por favor, estén atentos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Zukunft: Los días que aún no llegan

Entre el otoño y el verano