Zukunft: Los días que aún no llegan

Veo con ojos cristalinos lo distante que luce el otoño precisamente hoy, en pleno invierno, justo ahora que estiro el brazo esperando siquiera llegar a junio. Con la mirada dispersa pero el corazón tranquilo, fijo en la cabeza el norte, vislumbro todas las posibilidades que la vida pone en el camino y, sucede de nuevo, como otras veces: siempre elijo vivir en el peor escenario posible, en donde todas las calamidades ocurren, aunque de forma extraña, en todas ellas sobrevivo para ver de nuevo cómo el ciclo se repite.


El ser humano resulta un espécimen maravilloso: carente de días lúcidos en su ahora, busca ruinas de lo que antes proyectó como suyo y que hoy no le pertenece porque nunca le perteneció realmente; carente de glorias presentes, se aventura a imaginar cómo sería su vida si hiciera esto, aquello o lo otro, porque así es su naturaleza y así será siempre.

Atesoramos reliquias y las exhibimos con orgullo mientras seguimos intentando resolver cómo carajos evitaremos que la ruina se repita también en el mañana. Somos la especie que hace planes para el futuro sin siquiera saber si habrá uno, porque los meses corren y apuntamos tratando de llegar a la Navidad en el calendario, fingiendo que una vez llegado septiembre, ya nada vale, salvo el salto entre los días largos y el solsticio frío.

Tantas veces hemos imaginado cómo sería el futuro ideal, que olvidamos que en todas esas realidades creadas, lo único seguro es que nada es certero, al menos no en los días que no han sido arrancados del calendario y, por ende, de la vida. Imaginamos tanto el llegar a viejos, que nos hacemos vejestorios esperando a que finalmente lleguemos a la edad prometida; imaginamos el otoño ideal, y acabamos detestando el verano con sus maravillas y dones.

Hoy, justo ahora, con el brazo extendido intentando alcanzar un mejor futuro, intentando vivir en esa utopía que en la cabeza se antoja exquisita, noto que a estas alturas de la línea temporal, nada ha sido lo que parecía, y nada será lo que esperaba que fuese.

¿Cómo se llega hacia el futuro, cuando los pies se hunden en el presente y no avanzan, estancados por el fango del pasado? Nadie sabe, ni los dioses mismos, porque si lo supieran, estarían temerosos de saber su destino, toda vez que son tan finitos como nuestra cabeza lo dicte.

Y es así que en la efímera existencia humana, los tiempos marchan a ritmos despiadados, porque cuando uno es infante añora ser tan viejo como el mundo para ser libre, y una vez que se alcanza ese futuro infame, buscamos evitar que el tiempo avance por temor a ya no estar acá, entre los que viven en el día a día y han abrazado su pasado como si les perteneciera también, cuando todos sabemos que nada en esta realidad ha sido nuestro.

Hoy, con la mirada cristalina, busco en todos los sitios posibles el hilo que me conduzca hacia el futuro, y lo peor de ello es que descubro que mis días no me pertenecen, porque todos ellos están contados, desde los que quedaron en el pasado, hasta los que aún se esconden temerosos allá, lejos en el futuro.

Postdata: El futuro es un lugar al que llegaremos tarde, o al que quizás ya hemos llegado sin darnos cuenta.

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