Pasado: El tren de los días distantes
Suelo creer que cuanto hemos vivido nos otorga una identidad que finalmente, tras incontables repeticiones y años, nos arranca la venda que ciega los juicios para colocar en su lugar una máscara de franqueza. Puede ser que esté en lo correcto, o puede ser que me vea equivocado.
Debo decir que son ya varias las ocasiones en que antes de dormir me pregunto lo mismo: “¿Dónde dejo mi pasado?”. La respuesta no está en el techo de la habitación oscura. Hay que indagar en los laberintos de la memoria. Tras una revisión profunda y dolorosa, es necesario tomar un tren hacia los días distantes; esos que pintan de nuevo raspones en las rodillas, que nos entregan ladridos de un perro enorme y que hacen desfilar decenas de rostros que se mantienen vivos pese al daño de las manecillas del reloj que a nadie perdona.
Y ahí es cuando entiendo lo obvio: el pasado ya no está, es algo que llegó un día y de pronto dejó tras nosotros sus mejores épocas, nos dejó en algún punto de esta línea vital. Está lejano del ahora pero, irónicamente, se mantiene cerca, porque nadie es capaz de desterrar los recuerdos de otros años.
No es posible dejar lo pasado ahí, en el olvido, porque ni se quiere ni se debe. Nada, ni siquiera un pasado espinoso, merece el destierro del pensamiento. Aunque todo haya transcurrido ya, nos ha formado y nos ha enseñado. Depende de uno aprovechar o tirar por la borda esas lecciones que, a decir verdad, no siempre sirven... a menos que el propósito sea llorar.
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