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Misterios Vol. I: Ojos que no ven...

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“Todo lo desconocido se supone maravilloso”: Tácito A veces, cuanto más llegamos a saber (como individuos o sociedad), más llegamos a ignorar. No porque el conocimiento sea perjudicial sino, por el hecho de que perdemos de vista lo que a todas luces se nos muestra o revela. 

Entre el otoño y el verano

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 He fijado la vista en quien tengo frente a mí. Recorro con la mirada ese camino rugoso que se extiende por la piel del rostro, de las manos, del cuello… Cada línea más prolongada que la anterior, cada arruga más profunda que la de al lado, cada huella portadora de una historia más intensa que la que se contó ayer o antier.

La maldición de extrañar

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¿Qué somos? Bien podría decir que apenas un saco de huesos, compendio de millones de células, recipiente sanguíneo, central nerviosa que evoluciona... ¡qué se yo! No soy experto en anatomía, sé apenas lo que recuerdo de mis lecciones de Ciencias Naturales y un poquito más por lo investigado en libros y más recientemente, en internet.    ¿Qué somos? ¿Cómo sabemos que eso que creemos ser, es en efecto lo que somos? Demasiado enredo buscando respuesta a algo simple, pues al final del día, tú y yo somos aquello que hemos acumulado con el paso de los años, como cuando sumamos libros al estante y vamos dejando que el polvo les cubra con una capa gruesa que impide que las yemas se acerquen a tomarlos. Somos los recuerdos de otros almacenados en nuestra cabeza, somos piezas de memorias que van quedando luego de alegrías, glorias, tristezas y desencuentros. Creo que, de cierta manera, somos lo que permitimos que llegue a nuestro ser y, a la vez, lo que sembramos en terceros. Esas memor...

Un error en la matrix. Vol. II

 En la cabeza se aloja un eco, uno pesado, amplio en su onda... "No había nadie aquí". Y ese "nadie" se prolonga como si la duración de la palabra cobrara vida y quisiera gritar que, efectivamente, la sola expresión congeló los latidos por un momento. ¿Qué hago ahora? Lo que alguien con un poco de cordura haría: tragar saliva, abrazar con firmeza las cosas ya recogidas y bajar las escaleras, eso sí, con las luces bien encendidas. Abajo, a unos metros de la puerta principal, cigarros y risas cuidan de la fortaleza de Goldsmith, se despiden y ahora sí puedo constatar que si yo les dejo atrás, ahí mismo seguirán y no habrá otra sorpresa poco grata como la que minutos antes me llevé. Cierro la puerta, camino la larga y poco iluminada calle y llego hasta el cruce con Homero. Sólo estando ahí me vuelvo a sentir seguro, es hasta ese punto cuando el eco deja de retumbar y las manos recobran la calidez que se supone, deben tener. Avanzo. Horacio nocturno Unas cuantas cuadras...

Un error en la matrix. Vol. I

 ¿El día? Puede ser cualquiera, digamos que en esta ocasión el calendario marcaba un martes. La tarde era tibia, sin muchos reflectores más allá de la interesante rutina y el desayuno de reyes que incluyó chilaquiles, porque puedes olvidar el día, pero nunca unos buenos chilaquiles.

El miedo a crecer

 A medida que un nuevo año se aproxima, los temores por lo que traiga consigo este ciclo solar, se vuelven mayores a las esperanzas o emociones que existen en el pensamiento. Las noches se tornan más largas y, a la vez, parece que el tiempo tiene una duración muy distinta a la del resto de los relojes que nos rodean. "Tic-tac, tic-tac", hacen las manecillas en su inclemente avanzada y, muy de madrugada, la cabeza se mantiene a mil revoluciones creando escenarios en donde, en el mejor de los casos, lo que sea que llegue junto con los treinta no dejará secuelas para cuando la edad alcance los 40. Enseñándole al gallo a madrugar Clarea el día y uno ya está bien despierto para ese punto. Ya escuchó las alarmas de los vecinos, el canto de las aves y el despertar de una ciudad que, hoy, se ha levantado después de que nuestros ojos se abrieran. Hoy igual que ayer y justo como sucedió los días previos, vencimos al despertador en la carrera por un nuevo día. Resulta que a medida que u...

La tarea de un velador

 Con el paso inclemente del invierno sobre mi cabeza, síntomas de resfriado aparecieron en mi cuerpo y, mientras rodaba y rodaba sobre la cama, me despertó una suerte de pesadilla, similar a las que toda la semana me habían acompañado. Agitado pues, por los aparentes estragos causados por una leve fiebre, como pude me senté en la cama y con la habitación a oscuras busqué encender mi lámpara. Se hizo la luz. Con la respiración un poco más tranquila, noté que la cabeza daba vueltas y vueltas, como queriendo desprenderse del cuello para escapar hacia un mejor lugar, siempre sin resultados, claro está. Puse en orden mis ideas, limpié un poco la mirada y acomodé los lentes en mi cara, logrando aclarar la realidad que mis ojos sólo notan cuando los cristales mágicos hacen acto de presencia. Ese mal sueño retumbaba todavía en mi ser, sin embargo, al inspeccionar mi espacio, noté que todo lucía en orden: la televisión estaba en su lugar, la bandera rojinegra colgaba de la pared y el destel...